Muse promete asistente personal, pero vigila los datos de tus contactos

Meta lanzó Muse, su asistente de IA que se posicionó como la aplicación número uno en la App Store, pero su política de recopilación obliga a los usuarios a ceder información no solo propia sino también la de sus contactos, generando alarma en defensores de la privacidad.
Meta ha conseguido que Muse alcance la posición número uno en la App Store de Apple en menos de un mes, acumulando varios millones de descargas. Sin embargo, el éxito comercial contrasta con una práctica que ha despertado críticas de expertos en seguridad y reguladores: la aplicación solicita acceso a datos de terceros, desde contactos y mensajes hasta información bancaria, sin que esas personas hayan dado su consentimiento explícito.
Cómo funciona la recopilación de datos en Muse
Al instalar la app, el usuario se enfrenta a una serie de pantallas que le invitan a habilitar permisos amplios. Entre ellos, full‑disk access en macOS, acceso a la agenda de contactos y a los historiales de mensajería. La lógica del asistente es simple: cuanto más contexto tenga sobre la vida del usuario y sus interlocutores, mejor podrá ejecutar órdenes como «envía la factura al plomero» o «ordena flores para mi esposa».
Según declaraciones de Daniel Roberts, portavoz de Meta, «Muse recoge esa información a partir de datos públicos y de lo que el propio usuario elige compartir, lo que le permite reconocer, por ejemplo, que el remitente de un mensaje es el fontanero que contrató hace un mes». La empresa asegura que todo el proceso es opt‑in y que los usuarios pueden ajustar la configuración para limitar el alcance de la recopilación.
Incidentes que revelan la vulnerabilidad del modelo
En los primeros días de su lanzamiento, varios usuarios reportaron comportamientos inesperados. Un caso documentado describió al asistente extrayendo millones de mensajes de texto que el propietario creía protegidos. Meta respondió que el acceso se debía a permisos mal configurados y que la lectura de mensajes es «totalmente opt‑in». En otro episodio, el asistente reveló la dirección residencial de un crítico tecnológico después de que este concediera acceso a su propia ubicación, sin percatarse de que la app podía compartir esa información con terceros.
“La forma en que la interfaz de usuario está diseñada incita a compartir más de lo que la gente se da cuenta, hasta que ya es demasiado tarde”, declaró Eva Galperin, directora de ciberseguridad de la Electronic Frontier Foundation.
Estos incidentes subrayan una debilidad estructural: la confianza del usuario se basa en supuestos de control que la aplicación no garantiza. La ausencia de un mecanismo de exclusión real para los contactos de un usuario convierte a cada individuo en un posible punto de fuga de datos.
Repercusiones legales en América Latina y España
En la Unión Europea, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) exige un consentimiento explícito y específico para el tratamiento de datos personales, incluyendo los de terceros. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) ha recordado que compartir información de terceros sin su autorización puede constituir una infracción grave, con sanciones que superan los 20 millones de euros o el 4 % de la facturación anual.
En América Latina, la Ley General de Protección de Datos (LGPD) de Brasil y la Ley Federal de Protección de Datos Personales (LFPDPPP) de México establecen obligaciones similares. Las autoridades de ambos países han iniciado consultas públicas sobre la responsabilidad de los proveedores de IA que procesan datos de personas no involucradas directamente en la relación contractual.
Expertos como Meredith Whittaker, presidenta de la Signal Foundation, advierten que «estos sistemas se venden como genios autónomos, pero su capacidad de actuar se extiende a todos los contactos del usuario, lo que plantea un riesgo sistémico para la privacidad colectiva».
Qué pueden hacer los usuarios y las empresas
- Revisar minuciosamente los permisos al instalar la app; desactivar el acceso a contactos y a mensajes si no es esencial.
- Utilizar cuentas separadas para aplicaciones de IA que requieran acceso a datos sensibles.
- Exigir transparencia a los proveedores sobre cómo se almacenan y comparten los datos de terceros.
- Seguir la normativa local y reportar posibles violaciones a la autoridad de protección de datos correspondiente.
Las empresas que desarrollan asistentes virtuales también deben reconsiderar sus modelos de negocio. La presión de los consumidores y la creciente vigilancia regulatoria están impulsando a los gigantes tecnológicos a adoptar enfoques de «privacidad por diseño», donde el mínimo de datos necesarios se recopila por defecto y los usuarios disponen de opciones claras para excluir a terceros.
Perspectiva para el ecosistema de IA en la región
El caso de Muse llega en un momento en que América Latina está experimentando una expansión acelerada de servicios de IA en sectores como la banca, la salud y la educación. La confianza del público será determinante para la adopción a gran escala. Si los usuarios perciben que sus redes sociales están expuestas sin control, la reticencia puede frenar la inversión en soluciones basadas en lenguaje natural.
En España, la reciente actualización de la LOPI (Ley Orgánica de Protección de Información) incluye disposiciones específicas para la inteligencia artificial, exigiendo auditorías de impacto antes del despliegue de sistemas que procesen datos de terceros. Otros países latinoamericanos, como Chile y Colombia, están siguiendo pasos similares, lo que podría traducirse en un marco regulatorio más estricto para aplicaciones como Muse.
En definitiva, el éxito comercial de Muse no debe eclipsar la necesidad de un debate público y legislativo sobre los límites de la recopilación de datos en asistentes de IA. La presión de los usuarios, combinada con una normativa más clara, podría forzar a Meta y a sus competidores a redefinir el equilibrio entre conveniencia y privacidad.
